La Habitación De Dios
"Y que hagan un santuario para mí, para que YO HABITE
entre ellos." Éxodo 25:8
Nahmánides, judío
sabio y erudito del siglo 13, denominó el libro de Éxodo como "El Libro de
la Redención" porque comienza cuando el pueblo judío está esclavizado en
Egipto, detalla su asombrosa liberación, y termina con el establecimiento del
Tabernáculo en el desierto. Una vez que Moisés terminó de construir esa
admirable estructura, según las instrucciones de Dios, Su gloria la llenó de
forma tal que ni Moisés pudo entrar en ella (Éx. 40:34-35). Las Escrituras nos
dicen que la nube de Dios cubría el Tabernáculo de día, y Su fuego reposaba
sobre éste de noche ante la vista de toda la casa de Israel (versos 36-38). Qué
manera tan gloriosa de ilustrar cómo Dios cubría, protegía y guiaba a Su pueblo
durante "todas sus jornadas."
El Rey del Universo escogió habitar entre Su pueblo, y Su
presencia era algo tanto palpable como visible. De hecho, Éxodo 25:8 nos dice
que la razón por la cual Dios los sacó de Egipto fue para poder habitar en
medio de ellos. No podría haber una señal más clara a los israelitas de la
incomprensible gracia y misericordia de Dios que Su constante presencia en
medio de ellos. Sin embargo, igualmente claro era Su intachable santidad. Aún
Moisés, quien estuvo íntimamente involucrado en cada aspecto de la elaboración
del Tabernáculo, tuvo que permanecer fuera de la tienda de reunión en ese
momento inicial.
Centro Sagrado de Adoración
La palabra hebrea de Mishkán se traduce al español como
"Tabernáculo," y significa "tienda o lugar de habitación."
Esa estructura debió ser extraordinaria, completamente plegable y portátil,
conteniendo toneladas de oro, plata y bronce, además de la tela más fina
fabricada durante esos tiempos. Era un lugar solemnemente sagrado, pero a la
vez tremendamente alegre, en que Dios se reunía con Su pueblo. Era el centro de
adoración y sacrificio para todo el campamento de Israel, y servía también como
una enorme señal de tránsito que indicaba al pueblo cuándo detenerse y cuándo
seguir caminando. Era un verdadero espectáculo, sirviendo como herramienta
educativa para describir el tipo de relación que Dios quería establecer con Su
pueblo desde el principio de los tiempos.
Su mandato a Adán fue
de "multiplicarse," a Noé fue de "construir el arca," y a
Abraham fue de "irse de su casa a una tierra que le mostraría"
(Génesis 12:1). Su relación con Israel constaría de una dinámica interacción,
una continua y poderosa dramatización repleta de acción entre Dios y Sus hijos
escogidos. Nunca les pidió que se separaran físicamente del mundo para
contemplar Su creación, ni que aceptaran Sus mandamientos sólo de boca. Dios
les quería dirigir, y quería que Su pueblo le siguiera. Los redimiría con poderosa
mano y brazo extendido. Les revelaría grandes cosas y manifestaría Su poder en
su defensa. ¡Su pueblo sería una gran nación, serían Sus agentes para alumbrar
a las demás naciones, y sería un pueblo siempre activo! Les movería a hacer
grandes proezas, les daría poder para hacer cosas milagrosas, les dirigiría en
la batalla, y garantizaría su victoria. La totalidad de su relación podría
resumirse en una sola palabra: ¡acción!
Dios sabía que para
que Su pueblo pudiera perseverar, era esencial que experimentara Su presencia
en forma visual. Su breve encuentro con Dios en el Monte Sinaí comprobó eso.
Luego de pasados 40 días sin ver ni escuchar a Moisés o al Señor, el pueblo
regresó a la anterior religión egipcia con una alarmante facilidad, y crearon un
dios que pudiesen ver, uno cuya presencia entre ellos era palpable y visible
(Éxodo 32:1). Ahora, el Tabernáculo, el glorioso lugar para la habitación de la
Shekiná (la presencia manifiesta de Dios en forma de nube), serviría de ayuda
visual, un constante recordatorio de la presencia del Señor en medio de Su
pueblo.
Según la tradición judía, la consagración del Tabernáculo
representaba de sanidad de su quebrada relación a consecuencia de la tragedia
del becerro de oro. Nahmánides escribió que el sublime secreto del Tabernáculo
era que la presencia de Dios, que había cubierto el Monte Sinaí, ahora sería
presenciada de forma permanente en medio del campamento. Eso fue visto como una
señal de benevolencia. Dios los había perdonado por su rebelde acto de idolatría.
Él estaría con Su pueblo, y ellos estarían con Él.

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